Un retrato naturalista de Marruecos

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  • El pan a secas, de Mohamed Chukri, gozó en los setenta de un prestigio formidable entre los iniciados occidentales en el mundo árabe
  • La obra fue concebida en árabe, enunciada en español y transcrita al inglés. La la versión íntegra de la misma no aparecería en Marruecos hasta el 2000

El escritor Mohamed Chukri.  CABARET VOLTAIRE
El escritor Mohamed Chukri. CABARET VOLTAIRE

A Mohamed Chukri no le gustaba el título con que bautizó su primera editorial española a su libro iniciático, Al-jubz al-hafi, El pan desnudo, tras el éxito de la versión francesa de Tahar Ben Jelloun, titulada Le pan nu. Al escritor rifeño le cuadraba mejor la traducción que conserva Cabaret Voltaire en su edición póstuma de 2014, El pan a secas, a partir del trabajo realizado en el año 2000 por Rajae Boumediane El Metni, revisada por Chukri poco antes de morir en 2003, insólitamente atendido por orden de Mohamed VI en un importante hospital militar. A las puertas de la muerte, se abrieron paradójicamente las puertas de Palacio para aquel borracho prostibulario que escribía tanto con las tripas como con el corazón y que, a partir de su propia peripecia biográfica, nos ofreció un apabullante retraro coral del Marruecos de su infancia. Esto es, suburbios, éxodo, esclavitud infantil, la sequía, el hambre, las chapas, el reverso amargo de la vieja picaresca, escorado hacia el naturalismo: “Cuando escribí este libro, no había leído aún el Lazarillo ni el Buscón —me dijo—. Pero había leído Don Quijote, cuando estudiaba en Larache. Yo aprendí mucho de la literatura española”.

El pan a secas

Nunca fue un narrador oral al estilo de Mrabet, el autor de M’haschich, con quien compartió alevosías antes de distanciarse. Las palabras resultan cruciales para una obra que fue concebida en árabe, enunciada en español por su autor ante un fascinado Paul Bowles que, allá por 1973, transcribió su dictado al inglés y conoció un éxito internacional sin precedentes, aunque la versión íntegra de la misma no aparecería regularmente en Marruecos hasta muy tarde, en 2000. ¿Cómo iba a aceptar el majzén la descripción pormenorizada del éxodo de una familia, maltratada por su padre, hasta el punto de estrangular hasta la muerte a uno de los hermanos del narrador? “Mi hermano llora, se revuelve de hambre y de dolor —describe—. Me da pena, lloro con él; veo a mi padre, hecho una fiera, dirigirse hacia él con los ojos llenos de cólera y las manos como si fuera un pulpo. Nadie se lo puede impedir. Pido socorro en mi imaginación: ¡un monstruo! ¡un loco! ¡deténganle! Pero el maldito le tuerce el cuello mientras la sangre escapa de su boca. Huyo dejándolo con mi madre, a la que calla con golpes y patadas”.

Andando el tiempo, Chukri llegaba a aceptar que se hubiera tratado de un simple accidente pero el orín que se derrama, en dicho libro, sobre la tumba del patriarcado difícilmente iba a ser aceptado por una sociedad donde los resabios del machismo siguen siendo todavía mayores que a esta orilla del Estrecho.

“Pero, ¿qué hacemos tú y yo aquí?”, me preguntó él como invitado y yo como periodista durante la visita oficial de José María Aznar a Tánger en la primavera de 2000? Yo acostumbraba a encontrarlo en el Negresco, uno de sus paraderos habituales de la ciudad pero ya tan desaparecido como él y como su célebre Canada Dry que tanto evocase Ramón Buenaventura. No supe, en aquella puesta de largo marroquí que sirvió de preámbulo al segundo aznarato, que iba a ser la última vez que nos saludáramos, bajo la cálida acogida del Hotel Minzah. A él le quedaban tres años para morir y, allí, el presidente español tampoco sabía que iba a concluir aquella legislatura recién iniciada con la guerra del Perejil como preámbulo a la invasión de Irak y su pintoresco papel en el Trío de las Azores.

Mediados los ochenta, descubrí a Chukri entre el público que asistía a una tediosa presentación literaria en la biblioteca española que luego pasó a ser tutelada por el Instituto Cervantes. Era un puñado de voluntariosos escritores marroquíes que se empeñaba en escribir en la lengua de Cervantes mientras unos cuantos mozalbetes francófonos le interrumpían constantemente en la lengua de Molière: “Aquí se habla en árabe, en bereber o en español, no se habla en francés”, clamó desde su elegante foulard y su bigote al modo, por entonces, Omar Shariff. “Yo nunca tuve un amigo francés”, explicaría luego. “Aquí, cuando niño, todos mis amigos eran españoles”. Por entonces, en 1983, había conocido una efímera edición de El pan a secas, que se agotó vertiginosamente y que tardaría diecisiete años en volver a reeditarse porque el siniestro ministro del Interior, Driss Basri, vetó el libro bajo la considerable presión de los ulemas. No en balde, corrió el bulo de que en el Irán de los ayatollás se habría llegado a promulgar una fatua decretando su condena a muerte, como si fuera un nuevo Salman Rushdie, o que su nombre figuraba en una lista negra. Aunque él estaba convencido de que cualquier fanático podría acabar con su vida, movió cielo y tierra hasta que logró un certificado de la embajada de Irán en el que desmentía semejante amenaza.

“¿Qué es eso del pan desnudo?”, protestaba. En España, tal vez quisieron equiparar inicialmente su título con Naked lunch, El almuerzo desnudo, de William Burroughs, que también se adentraba en el lado oscuro de la vida y del Tánger de su autor. Ambos se cruzaron en los cafetines del Zoco Chico o en los veladores del Café de París, pero el yonqui, a los ojos de Chukri, era desabrido y carecía del talante abierto de Samuel Beckett. En la obra de Chukri, los excesos vitales tampoco constituían el argumento de su obra, sino la consecuencia de una biografía plena de sombras y de escalofríos. Una familia que huye de la hambruna del Rif hacia Tánger, un padre desertor del Ejército del protectorado, desabrido y violento que le azotaba atado contra un árbol; las malas calles de Tetuán, la cárcel de Larache que le enseñara a leer y a escribir con apenas veinte años. Se murió sin querer perpetuar su genética para que a sus descendientes no le atraparan el fantasma de su padre.

Nacido en 1935 en Beni Chiker, a mediados de los años sesenta Chukri había publicado en la revista libanesa Al-Adab un relato titulado “Violencia en la playa”, a caballo entre su oficio de niño de once años que duerme al raso y su etapa de Larache, donde empieza a dejar de ser un analfabeto con 21 años de edad. No resulta baladí que el cineasta andaluz Juan José Ponce le eligiera como protagonista de su película Mala calle, en la que narra las peripecias de otros jóvenes galopines, en situación similar no sólo en las calles del norte de Marruecos: en Melilla, un niño de la calle apareció muerto en aguas del puerto hace apenas un par de semanas.

Cierto es que Chukri y su novela gozaron de un prestigio formidable entre los iniciados occidentales en el mundo árabe. Quizá con Nagib Mahfuz sea uno de los autores más señeros de aquella época y de ese universo, a pesar de que su obra posterior no llegase a la altura de este formidable Pan a secas. Escribía en árabe contemporáneo estándar, aunque atravesado por expresiones típicas del dariya marroquí e incluso del bereber, su lengua materna. Siguió manteniendo, eso sí, la crudeza, en los dos otros títulos de su trilogía: Tiempo de errores (1992) y Rostros, amores, maldiciones (1996). En esta última relata un hecho que él daba por cierto, el de un joven rifeño que llega a hacerle una felación a su padre ya anciano para que no tuviese la necesidad de casarse y desposeerle así de la herencia.

El pan desnudo lo escribí a través de mis tripas. Quiero decir, hay acción —afirmaba, aunque quizá se refiese a que es descarnado, poderoso, realismo sucio amancebado con clásicos franceses y tradición oral bereber—. El segundo, Tiempo de errores, va en la misma línea, pero es más poetizado, más refinado si se puede decir; más escogido. Es un libro de símbolos literarios, de contemplación. El tercero abunda en esa misma línea, pero el primero era un documento social. El pan desnudo, es un testimonio sobre una época, la emigración de los rifeños hacia el norte, durante la sequía”.

Hay quien se empeña —Teju Cole en Ciudad abierta— en enfrentar su obra con la de Tahar Ben Jelloun, su primer traductor al francés. Sus estilos son diametralmente opuestos, aunque lleguen a tocarse en textos tan descarnados como el Sufrían por la luz, en el que ese último escritor describía las prisiones políticas de Hassan II, utilizando por título español un verso clásico de Vicente Aleixandre, que sustituía a la expresión francesa Cette aveuglante absence de lumière, que literalmente resultaría “Esta cegadora ausencia de luz”. ¿Cómo poner a dialogar el realismo mágico de Ben Jelloun con el realismo sucio de Chukri? Probablemente su estética respectiva apenas vendría a coincidir en las traducciones al árabe que este último llevaría a cabo sobre poemas del propio Nobel, de Antonio Machado o de Federico García Lorca.

Convertido en personaje literario por Javier Valenzuela en Tangerina, Chukri fue uno de los interlocutores nativos de aquel legendario gueto donde en dicha ciudad y en un tiempo de intolerancia pudieron ser libres Paul Bowles, Jean Genet, Tenessee Williams o muchos otros a los que él retrató a vuela pluma en otros libros de menor intensidad y renombre (Paul Bowles, el recluso de Tánger y Jean Genet y Tennessee Williams en Tánger, por la que transitaba también de tarde en tarde Juan Goytisolo, uno de los principales evangelistas de El pan a secas).

“El Tánger que me pertenecía ya es un Tánger triste. Cuando bajo a los barrios, encuentro a compañeros que han terminado muy mal —me refirió cinco años antes de morir—. No puedo verlos así y no tengo suficiente para ayudar a aquellos a quienes quiero. Ahora, vivo en un barrio europeo, con un ambiente muy diferente, y lo siento mucho, pero ya no es lo mismo. Y no es melancolía, que conste. Podrían venir otros tiempos. Siempre hay esperanza de que la situación económica y política cambie”.

El murió, sin embargo, sin ver realizado ese remoto sueño. Su Bertucci probablemente siga en poder de la criada que le sirvió durante veinte años y a la que entregó —es fama— toda su herencia.

*Juan José Téllez es escritor.